Historia de un hombre.

Había una vez un hombre que vivía muy enamorado de su mujer, pero un día, para poder discutir con ella en plan odioso,sobre la cuenta del teléfono, colgó su amor en un perchero dentro del closet y se enzarzó en una agria discusión que duró parte de la noche. Sin acordarse que había dejado a su amor encerrado, se acostó a dormir.

Cuando abrió la puerta del closet en la mañana para buscar su ropa ,descubrió que el amor seguía allí colgado.

Muerto.

Trató de revivirlo por todos los medios, miraba a su mujer buscando en su rostro aquello que lo había enamorado, pero sus labios ya no parecían bellos, su mirada le resultaba ajena, la conversación intrascendente y vana, su risa, altisonante, el olor de su cuerpo, desagradable.

Se lanzó en busca de las fotos antiguas de la boda pero no entendía cómo pudo querer a esa muchacha ni de dónde habían salido esos ojos de enamorado con que él la miraba en las fotografías.

Mientras pasaban los días y no podía recuperar su amor se fué olvidando de qué era lo que buscaba hasta que dejó de tratar y se olvidó que ya no amaba.

Se resignó a una existencia compartida con alguien que le resultaba completamente ajeno, sin apenas darse cuenta.

closetY sólo a veces, cuando abría el closet en la mañana, se quedaba mirando con ojos ciegos al montón de ropa colgada, tratando de recordar que había ido a buscar . Entonces reaccionaba, asustado y agarraba una camisa.

Con el paso del tiempo las discusiones se volvieron cada  vez peores y un Sábado por la mañana, su mujer lo abandonó.

El hombre quedó solo y un día, igual a otro cualquiera, se olvidó que existía y murió.

Sin su amor.

Historia del pueblo.

muerte

Esta es la historia de un pueblo, llamado Manga Corta, en el que ya nadie podía morir.

Todo empezó 20 años atrás, en el entierro de Margarito Primero. Cuando la comitiva con la caja del muerto alcanzó la cima de la colina, donde estaba situado el cementerio desde hacía 300 años, un viento huracanado, de fuerza bestial, lanzó la tapa de la caja por los aires y al muerto también, a Doña Teresa le arrancó la peluca gris y la mitad del vestido, dejándo al descubierto una teta , muy blanca, que jamás había sentido la luz del Sol, a Don Josete, el carpintero, se le vieron las nalgas por primera vez en el pueblo mientras los dolientes, todos, se aferraban con manos desesperadas a cualquier saliente del terreno mientras iban perdiendo los ropajes y la dignidad hasta que todos , muerto incluído, fueron arrastrados fuera del límite del cementerio, momento en el cual, súbitamente, cesó la ventolera.

Se miraron entre sí, desnudos , manchados, con lágrimas en los ojos y corrieron a sus casas a cubrir sus verguenzas. Nadie salió de su casa en 3 días mientras el muerto se descomponía al Sol en la ladera de la colina, hasta que al tercer día alguien reaccionó y convocó al pueblo para el segundo entierro de Margarito Primero. Vestidos todos de nuevo y aprensivos, se encaminaron al cementerio con el muerto en nueva caja.

 Para su agonía, no bien estuvieron todos dentro de los límites del cementerio, arrancó de nuevo el huracán y se repitió la misma escena que en el primer entierro. Esta vez, fueron mas prácticos, con las nalgas y tetas al aire, miembros colgando y la dignidad perdida enterraron al muerto a toda prisa en la ladera de la colina y declararon, en asamblea general , esa misma noche, que estaba prohibido morir.

-Mejor dignos que muertos- dijeron.

Doña Isi, que ya estaba harta de la vida para ese entonces, tuvo que aguantarse las ganas de morir y se dedicó a hacer orgías en su casa, a Doña Adela, la tabernera, que enfermó de los huesos, le prohibieron terminantemente tirarse en una cama y la hacían caminar kilómetros  alrededor de la fuente hasta que se aburrió de estar enferma y se curó. A la tendera de el mercado “Lo que me ahorro”, que padecía de la gota, le cortaron la enfermedad a base de sesiones intensas limpiando mierda de vaca, para que recordara no comer tanta carne.

Trataron de encontrar la cura contra el cáncer  y  con ese objetivo machacaron, hasta hacerlos polvo, cientos de cangrejos y los mezclaron con azúcar,  aunque no curaron nada, comieron pastel de cangrejo por años.

Y así, tirando, lograron que nadie muriera durante 20 años, hasta que la inmensa roca que los había dejado aislados del mundo medio siglo atrás se deshizo en pedazos y quedó libre la carretera que los unía a Manga Larga, el pueblo vecino.

Salieron en estampida 102 habitantes del pueblo, que estaban locos por morirse de una puta  vez, a encargar un espacio en el cementerio del pueblo vecino y así, felices, fueron muriéndose de a poquito,para no agotar a los dolientes y eran enterrados en el otro pueblo.

Un día decidieron que aquello no tenía sentido , y que era mejor mudarse todos para Manga Larga a vivir y a morir  y así acabar , de una vez por todas, con las largas caminatas fúnebres.

Cuando murió Doña Ana , la barrendera ,festejaron por no tener que caminar tanto para enterrarla y se dirigieron, llenos de júbilo, al cementerio.

Así es como vine a parar a la ladera de esta colina.

Moraleja:

Ni idea.

En fin.